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“De papeles y basureros” de Elena Poniatowska

Miércoles, 5 de octubre, 2016
Por: Román Cortázar Aranda


 
 

(Elena Poniatowska escribió este textito, bello y auténtico, para publicarse en Querétaro durante el Hay Festival 2016. Se lo pidieron sobre cualquier cosa y luego, sin decir por qué, lo tiraron a la basura. Pero Elena, que siempre ha sabido mostrar la realidad, denunciándola, puso en nuestras manos estas arrugadas hojas, arrancadas del fondo de algún cesto. Y nosotros, en “EL GRITO”, las planchamos para que lleguen adonde tengan que llegar. Como debió ser. Como sigue siendo.)

 
La muerte del escritor Ignacio Padilla tiñe de tristeza el Hay Festival, y recuerdo hoy como nunca su amor al Quijote y la luminosidad de su sonrisa.

En la ciudad de Querétaro había un excelente sistema de recolección de basura que ganó dos veces seguidas “La escoba de platino”, que brinda la Asociación Técnica para la Gestión de Residuos y Medio Ambiente a toda Iberoamérica. El centro histórico de esta joya colonial estaba extraordinariamente limpio. Los camiones repletos de cáscaras de naranja y calcetines agujereados pasaban en la noche sin estorbar a nadie. El actual alcalde decidió que era demasiado oneroso sostener ese sistema de limpia, corrió a todos los barrenderos y contrató a una empresa privada. Los resultados están a la vista. El escritor Román Cortázar, que vive en Querétaro, cuenta que hace dos días los empleados anunciaron que pasarían entre las diez y las once de la noche a recoger la basura y todavía ahora el bote sigue rebosando cabezas de pescado y lechugas ya lacias.

Antes, ver el camión de la basura en las calles del centro histórico, en la noche, cuando todos los queretanos se encierran a leer en su casa, era un pensamiento reconfortante pero ahora la recolección de basura es una calamidad, porque se hace a la hora más congestionada, las dos de la tarde, cuando el flujo de automóviles alcanza su densidad más alta en las bellas y estrechas calles de Querétaro.

¿Cómo es posible que se despidiera a los basureros y a los barrenderos ―una de las poquísimas buenas funciones del estado de Querétaro― para reemplazarlo por un sistema aleatorio e ineficiente? El pretexto es que no hay dinero para pagarles a hombres de escoba pero sí lo hay para contratar a una compañía de robots.

Hace un mes hubo una marcha de recolectores de basura que exigían una explicación. México siempre fue un país en el que cada quien sabía barrer su pedazo de calle e incluso regarlo para que se secara al sol. En muchas ventanas se acostumbraron las macetas con geranios y recuerdo que una mañana, cuando felicité a una muchacha por su buen trabajo, respondió con una sonrisa: “Es que quisiera que mi calle fuera la mejor barrida del mundo”.

De que México entero necesita una buena barrida, no nos quepa la menor duda.

¿Qué tiene que ver la barrida y la fregada con una reunión de escritores en Querétaro? ¿Quién va a recoger ahora nuestras hojas en blanco, nuestros borradores, nuestros actos fallidos, la multitud de flamantes palabras que salga de nuestra boca? ¿Quién se hará garante de nuestros esfuerzos de oratoria siempre renovados? ¿Qué diría Hugo Gutiérrez Vega de la acumulación de ideas y ocurrencias que vuelan en pasillos y salas de conferencias sin que alguien se responsabilice de ellas? ¿Qué pasaría si escribiéramos mejor y menos? ¿Qué diría el poeta Francisco Cervantes, gran amigo de Álvaro Mutis, quien ganó el Premio Heriberto Frías, otro gran escritor queretano? ¿Qué dirían nuestros ilustres visitantes al saber que nadie va a vaciar su papelera ni su vertedero de demasías cerebrales? Podría creerse que la basura y la escritura tienen poco en común pero estaríamos cometiendo una grave equivocación. Quizá podría explicárnoslo el queretano Fernando Jiménez, panadero de 26 años, quien acaba de terminar su carrera de psicología en la Universidad Autónoma de Querétaro y ha ganado dos premios de literatura. Alfonso Reyes tenía una cocinera que sacaba de su cesto papeles arrugados, los alisaba, planchaba y archivaba bajo el rubro: “Papeles rotos del escritor Alfonso Reyes”. Elena Garro nos contó que cada vez que atravesaba el océano en un trasatlántico perdía el manuscrito de “Los recuerdos del porvenir”. Efrén Hernández sacó de la basura los primeros cuentos de Juan Rulfo y le dijo: “Aquí hay unos detallitos”. Guadalupe Amor escribió en la bolsa del pan y con el lápiz de las cejas sus sonetos a Dios. Gabriel Guerra Castellanos publicó “Álbum de familia” de Rosario, su madre, y le hizo una mala pasada porque su destino era el del olvido, como bendito es el carro de la basura que todos extrañamos cuando se ausenta más de dos días y de nuestros despojos salen efluvios que todos quisiéramos olvidar.

Se supone que ninguna reunión de escritores, críticos literarios, lectores, futuros creadores y analistas tiene que ser un martirio pero si no pasa el camión de la basura a transformar en abono nuestros esfuerzos, el Hay Festival (que traducido al español es Festival de la Paja) ¿acaso cosechará las rubias espigas de la creación literaria?

 

Elena

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